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jueves 11 de abril 2019, actualizada 9:20 pm


Sin límites

Sin límites tiene el poder el actual presidente; y eso podría ser bueno o malo para el país, dependiendo de qué es lo que decida hacer en cada situación, cómo pretende resolver los problemas que administraciones pasadas le han heredado, y cómo pretende enfrentar los retos que la propia dinámica socio económica le va poniendo, muchas veces como resultado de sus propias decisiones.

La bandera que AMLO enarboló siendo candidato presidencial fue derrocar al sistema neoliberal, en manos de lo que él llamaba mafia del poder, culpable del empobrecimiento del pueblo, el despilfarro de los recursos, la corrupción generalizada, la impunidad para los delincuentes ricos, la falta de seguridad y de justicia, y muchos otros problemas que aún persisten.

Es comprensible que tengamos la percepción de un gobierno parecido al que AMLO criticaba y que los cambios realizados no satisfacen aún las altas expectativas generadas durante su larga campaña como candidato.

Sus magros logros, son victorias pírricas que no han dejado su impronta; han sido casi todas acciones inconclusas, pues si de corrupción se trata, las corruptelas en el servicio público continúan, igual que los pequeños, medianos y grandes huachicoleros; esto es, los de bidones y contenedores, los piperos y los grandes buques que hacen trasiego de combustible en altamar, respectivamente; si de justicia se trata, no hay grandes capos del crimen organizado, ni delincuentes de cuello blanco ni siquiera vinculados a proceso. Los trabajadores sindicalizados de Pemex siguen felices y campantes protegidos por el intocable Romero Deschamps; y si de la CFE hablamos, hay millones de hogares que por necesidad tienen electricidad gracias a un diablito, pero el diablo y el diablote no se justifican en las medianas y grandes empresas como Pepsico; empresas que roban electricidad en grandes cantidades; y mire usted lo que son las cosas, quienes están enterados y dan fe de estos hechos son los ex trabajadores de la extinta compañía de Luz y Fuerza, quienes prometen aportar pruebas de estos delitos con la condición de ser restituidos en sus trabajos. La pregunta obligada al respecto es: ¿Y por qué no lo hicieron en su momento? Respuesta a bote pronto: Porque eran cómplices.

Pretendía desde la barrera, el actual presidente, antes de entrar al ruedo y pararse frente al toro, que fácilmente resolvería la compleja problemática de entonces y de ahora; pero, ya hemos visto que AMLO es tan humano como cualquier ciudadano y lejos, obviamente, de la perfección, pues no ha habido, ni hay ni habrá humano perfecto. Sus grandes yerros en las decisiones han sido producto más del capricho visceral que del ecuánime razonamiento de una estadista, por lo que su actuar en los hechos dista leguas de sus dichos, lo que lo ubica en una voluntaria o involuntaria simulación, justificada en la procuración de la paz; pero se le olvida a nuestro voluntarioso presidente que la paz debe ser provocada a veces con la guerra.

Pensar que todos los mexicanos somos buenos y trabajadores es más que una idea un pensamiento optimista, un utópico deseo; pensar que los apoyos del gobierno a los ninis y a los “estudiantes de bajos recursos” van a resolver un problema de pobreza es una falacia. No dudo que, igual que en toda regla hay excepciones, haya estudiantes que aprovechen realmente el apoyo; pero, la experiencia personal de cuarenta años como docente me dice que hay estudiantes mediocres y deserción escolar más por gusto que por necesidad. El riesgo con un gobierno paternalista, típico en los gobiernos populistas, es que más que ayudar perjudican, pues se fomenta una cultura de dependencia, y ¡Cuidado!, el día que falte la “ayuda”, porque ese día el gobierno se verá asediado, por falsos menesterosos movidos por líderes de la oposición.

Héctor García Pérez

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