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EDITORIAL

Todavía no empezamos

JULIO FAESLER
viernes 01 de marzo 2019, actualizada 7:31 am


A medida que avanza el año y con él la administración del presidente de la República se advierte cómo los compromisos de campaña que traía van quedando sujetos a las circunstancias siempre movedizas de la política nacional que ha sido incitada a buscar nuevas experiencias.

Los problemas más agudos heredados de anteriores gobiernos se comienzan a atender, pero todos sabemos que tardarán meses si no es que años en resolverse. El de la seguridad, por ejemplo, depende de la celeridad con que se organice e integre la Guardia Nacional recién aprobada. En el mejor de los casos será hasta el fin del año.

Esperemos que la cuestión de las guarderías infantiles esté en vías de solución. El asunto es de directo interés para cientos de miles de familias que son primeras en prioridad.

Pero la operación de las guarderías y estancias infantiles está inserta, indebidamente, en la política más general que el presidente decida seguir para las organizaciones de la sociedad civil. Aquí, como en otros asuntos, reina la confusión. Por una parte, el presidente dice que a ninguna le va a faltar el apoyo que el gobierno viene otorgando, y por otra, están las declaraciones determinantes del propio presidente en el sentido de que la corrupción es tan general en ellas que solo se remedia haciendo que los pagos sean directos a los beneficiarios.

Esta última solución no hace sino endosar a los que reciban el apoyo en el grave problema la responsabilidad y el riesgo de escoger la guardería que dé mejor y más barato servicio. Por muy problemático que sea la corrupción imperante, el problema no se resuelve eliminando estancias que ahora resultan ser "intermediarios". No hay más arma contra la corrupción que la probidad, el buen ejemplo y el respeto a los reglamentos de los que mandan en cada institución complementada con el castigo que la ley prescribe para el que los rompe.

Se nota que en el tratamiento de todos los asuntos que llegan a la atención del presidente de la República que hay una constante intención por centralizar en el gobierno no sólo la solución sino también su aplicación.

Este criterio centralizador hace a su vez más grave cualquier problema ya que conduce al congestionamiento administrativo y aísla a la sociedad de la posibilidad de participar en el diseño del esquema regulador. Es clara la intención de reducir el ámbito de acción y discreción de los órganos especializados en el cuidado de cada área lo que confirma el temor que hay en la sociedad de que este dirigismo conduce a decisiones sin control ni parlamentario ni ciudadano. En un ambiente político en el que las decisiones del presidente pueden cambiar de un día para otro hay la esperanza de que su siguiente decisión enmiende la anterior. Lo que ciertamente no cambiará es la visión que López Obrador tiene de que los problemas del país obedecen tanto al mal diseño de los remedios como a la falta de honradez de los que lo manejaban, ah pero eso sí, que él posee la llave correctora.

Lo que no es correcto es dejar que el presidente sea el único árbitro en el crucial juego del desarrollo nacional. La posición de la sociedad civil, en todas sus facetas, es imprescindible.

Mientras no haya firmeza en los líderes del sector privado no podrán influir en la orientación que norma los pasos del presidente. Siguen las actitudes conciliatorias del alto empresariado en sus tratos con la presidencia de la república. Los que día a día critican todo lo que hace y declara el presidente no tienen la autoridad para hacerlo entender que los problemas nacionales han rebasado el nivel de los encuentros cupulares muy fotogénicos. Falta darle vigor al diálogo político para entrar al campo de contrastes y luego acuerdos convincentes.

Hay que distinguir quienes son los que más temen las transformaciones en puerta. Las clases populares no las temen si significan mejores ingresos, mejor atención médica, mejor educación y más empleos. El cómo hacer que el gobierno pueda ofrecer esto con respeto a los derechos que da la democracia, lo obliga a convenir la contribución correspondiente del sector que aporta los medios para hacerlo. Esta negociación está pendiente de iniciarse. Cuando llegue el momento se verá que ambas partes se necesitan. Ni uno podrá centralizar en sí todas las decisiones que el desarrollo común demanda ni el otro podrá retener su apoyo a lo que hay que hacer.

Estamos todavía lejos de esto porque ninguna de las dos partes siente cabal firmeza en la otra.

juliofelipefaesler@yahoo.com

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